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A PROPÓSITO DE LA VISITA DEL PAPA A ESPAÑA

España debería ser un Estado laico. Se dice que es aconfesional, pero la Iglesia Católica mantiene tanto poder e influencia como si el Estado fuera confesionalmente católico: tiene colegios concertados pagados con dinero público, está financiada generosamente, tiene capellanes “funcionarios” en hospitales, cárceles y ejército, no paga el IBI por su enorme riqueza inmobiliaria, se libra de juicios y condenas por pederastia, sigue vigente el Concordato de 1976-79, siguen vigentes sus más de 34.000 inmatriculaciones irregulares (entre ellas la de la Mezquita de Córdoba) salvo que se impugnen judicialmente con éxito una por una, las autoridades acuden oficialmente a sus ceremonias religiosas para escuchar regañinas y “verdades eclesiásticas” sin derecho a réplica, no paga los gastos públicos que ocasionan sus procesiones y romerías, goza del apoyo de los medios públicos hasta extremos insufribles como ha ocurrido en la reciente visita del papa, et., etc.

No sólo se da a la iglesia católica un trato desigual respecto a otras religiones, sino sobre todo respecto a los no creyentes. Los colegios están obligados a ofrecer clases de religión católica, por más que sean voluntarias. ¿Por qué no hay clases de ateísmo, que son su complemento necesario? Con el agravante de que los ateos pagamos con nuestros impuestos una parte del dinero público que va a la iglesia.

¿Es el ateísmo una perversión o una opción racional?

Hice el bachillerato en un internado de jesuitas y allí me enseñaron a ser creyente de misa y comunión diarias. Encontraba a veces en la historia sagrada cosas que me parecían incomprensibles y pedía alguna explicación. Me la daban y no me convencía, me la repetían y guardaba silencio porque había oído muchas veces a mis maestros que los designios de dios son inescrutables, y que intentar escrutarlos es pecado grave de soberbia. “¡No quieras saber más que dios!”, me decían para apartarme de mi mala tendencia.

Tan pronto llegué a la universidad tuve la suerte de tropezar por casualidad con un libro de historia de las religiones que mostraba que cada religión tiene una génesis con fecha de nacimiento, todas ellas invenciones humanas, muchas emparentadas entre sí, cada una presentándose como la única verdadera aunque sin poder afirmarlo con más razones que cualquiera otra. “¡Invenciones humanas!” me dije asombrado, y ese descubrimiento acabó con el hábito masoquista de jaculatorias, autodesprecios, loores al Altísimo y torcimiento de la razón a la hora de aceptar verdades.

Cuando conté a un amigo que me había hecho ateo se negaba a creerlo. “Estás bromeando”, me decía, y cuando yo aseguraba que hablaba en serio él insistía en que sin dios la vida deja de tener sentido. ¡Cómo vivir sin dios! Me miraba alarmado y compasivo, y yo, por el contrario, me sentía como si los muros de una cárcel hubieran caído y viera ante mí un paisaje atractivo por el que podía empezar a caminar libremente. Ahora no tenía que recibir órdenes morales ajenas, ni confesar pecados que a nadie hacían daño, sólo a un dios obsesionado con el sexo.

En cuanto al sentido de la vida, no hay otro que el que nosotros podamos darle. Hay momentos alegres (y entonces el sentido de la vida es amable) hay momentos tristes, dolorosos (imaginemos la espera del condenado a morir en una hoguera) y entonces el sentido de la vida es torturante. La expresión: “¡La vie est belle!” suena muchas veces a burla insoportable. Bella según para quién y en qué momento.

¿Ateo o agnóstico?

¿Tiene el ateísmo un fundamento racional? En realidad no se puede probar la inexistencia de dios. Si fuera un ente material se podría probar que no existe aquí, o allí, pero puede existir en otra parte y no tenemos control de todos los espacios. Siendo un ente espiritual puede estar aquí y no lo percibimos, así que la afirmación de su existencia queda a resguardo de los procedimientos de comprobación científica. Por ello parece que el agnosticismo es la posición racional y que el ateísmo va demasiado lejos, pero B. Russell hizo un comentario lúcido: de la misma manera que no se puede probar la inexistencia del dios bíblico, tampoco la inexistencia de los dioses del Olimpo. Si he de suspender el juicio respecto al dios de la biblia, también debería suspenderlo respecto a los dioses del Olimpo. Y sin embargo hoy estamos todos seguros de que esos dioses ni existen ni existieron. ¿Y de dónde viene esa seguridad? De que sabemos que fueron creados en un momento histórico y que funcionaron como mitos durante un tiempo ya pasado.

El dios de la Biblia

El dios de las tres religiones monoteístas aparece descrito en la biblia. Podemos preguntarnos si los autores de ese libro hablan de un dios preexistente o lo fabricaron ellos mismos. La Iglesia Católica afirma, como es natural, que su dios es preexistente, es eterno, y que los autores de la biblia escribieron inspirados por él. Pero entonces debe sorprendernos que ese dios se manifestara tan distraído, tan ignorante, tan vanidoso, tan inseguro, tan malvado y además tan sádico.

En su Tratado sobre la tolerancia Voltaire tiene páginas muy graciosas burlándose de los despropósitos que aparecen en la Biblia. Sabemos que fue escrita por al menos cuarenta autores a lo largo de 1.500 años, y es razonable concluir que inventaron un dios dotado de las cualidades que resultaban atractivas a un pueblo como el judío, formado primero por clanes familiares de pastores nómadas, esclavo luego en Egipto, más tarde dedicado a la agricultura en la tierra de Canaán, de nuevo cautivo en Mosopotamia, de nuevo liberado. ¿Qué cualidades podían fascinarles? Poder para desbaratar a los enemigos, soberbia, generosidad con quienes le adoran y le obedecen, castigador sin piedad de tibiezas y deserciones.

Por diferencia con el dios que reinventaron san Agustín y santo Tomas incorporando las filosofías de Platón y Aristóteles, el dios de la biblia no es omnipotente. Se le insubordina Luzbel con un tercio de los ángeles y se salva porque le son fieles los dos tercios restantes. Teme que los hombres le derroquen si llegan a saber tanto como él y por eso prohíbe a Adán y Eva que coman del árbol de la ciencia del bien y del mal, y más tarde, cuando tras el diluvio los humanos hablan la misma lengua y cooperan en el mismo propósito (hacer la torre de Babel), temeroso de que esa unidad les dé excesivo poder, confunde su lenguaje para que dejen de entenderse entre sí.

Por otra parte no es omnisciente, se puede decir que es poco dado a la lógica y la coherencia. Se le olvidan cosas, da por ciertas cosas contradictorias, a ratos parece de pocas luces. Por ejemplo: crea a los animales por parejas para que se reproduzcan, pero al llegar al hombre se olvida de la hembra y crea sólo a Adán. Más tarde dice que no es bueno que Adán esté solo y crea a Eva para que le sirva de compañía.

Es natural que sea tan ignorante como quienes lo crearon. Si los autores de la biblia hubieran sido inspirados por un dios omnisciente, habrían recibido descripciones compatibles con los futuros descubrimientos de la ciencia. Milenios de transformación de la materia quedan reducidos en la biblia a los trabajos divinos de seis días. De repente ahí están los leones y los perros, pero no los dinosaurios. ¿Por qué no se habla en la biblia de los dinosaurios, siendo los animales más grandes que han existido? ¿Por qué ese dios no enseña a su pueblo las prevenciones elementales respecto a bacterias y virus? Pues porque los autores no sabían que hay bacterias y virus, no conocían la evolución de las especies que más adelante descubriría Darwin, ni las especies perdidas que irían descubriendo los paleontólogos. Y si los inventores de eso dios no lo sabían, tampoco podía saberlo el dios inventado.

Con frecuencia ese dios no se entera de lo que ocurre, le llegan rumores y tiene que enviar ángeles para que le informen. Tampoco puede leer en el interior de las personas. Está obsesionado con que le teman, pero no sabe si Abraham le teme lo suficiente y para comprobarlo le ordena que le sacrifique a su hijo Isaac. Sólo cuando, atado Isaac al altar de los sacrificios, Abraham “extendió la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” es detenido por un mensajero que le dice «Ahora sé que temes a Dios» (aunque hay interpretaciones que dan por hecho que Isaac fue sacrificado, en cuyo caso se libró de quedar traumado para siempre).

Ese dios es caprichoso en sus afectos. Caín y Abel le temen y le ofrecen sacrificios, pero a él le gustan más los de Abel, ganadero, que los de Caín, agricultor, y con esta preferencia hace de Caín un envidioso que, despechado, mata a Abel. Entonces condena a Caín a ser errante y extranjero en la tierra, y cuando él se queja porque teme que lo mate cualquiera que lo vea, dios se olvida de que en la tierra sólo hay tres personas, Adán, Eva y Caín, pues todavía ni siquiera ha nacido Set, y en vez de decir a Caín “no seas bruto, que tu padre y tu madre no te van a matar”, le dice que no se preocupe, que le pondrá una señal para que nadie lo mate.

Podemos añadir que este dios es misógino como sus creadores. No utiliza a mujeres como profetas, en la biblia las mujeres sólo valen para procrear y también para tentar a los hombres. En uno de sus relatos se ve como natural que Lot ofrezca a los hombres de Sodoma a sus dos hijas (especialmente valiosas porque no han conocido varón) para que hagan con ellas lo que quieran a fin de que dejen de pedirle que les entregue a los dos hermosos jóvenes que han ido a visitarle como emisarios de dios. Ese mismo dios no objeta nada al ritual que dice que las mujeres quedan tras el parto un tiempo en estado de impureza, 40 días si el nacido es niño, 80 si es niña.

Finalmente es un personaje con tendencia al genocidio, que a veces realiza directamente (Sodoma y Gomorra, el diluvio universal), a veces ordenando al pueblo elegido que lo realice contra sus enemigos. Por ejemplo contra los siete pueblos cananeos, contra ciudades como Jericó y Hai, o contra Hazor y otros pueblos, o contra los amalecitas (ordenando que maten a hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas…), tendencia genocida que llega a nuestros días, ahora contra los palestinos porque ocupan parte de la tierra que prometió al pueblo elegido.

Los teólogos se vuelven locos para explicar por qué creó dios a los humanos con tendencias criminales, cuando bien pudo crearlos buenos, y hablan de la libertad como don supremo. Dios decidió que los humanos tengamos un alma libre que puede elegir entre el bien y el mal, él se limita a premiar o castigar. ¡Qué ignorancia la de los teólogos al dar por buena la libertad del alma! Tan ignorantes como el dios que han fabricado, y tan poco compasivos.

¿Por qué una historia tan deficiente persiste con tanto éxito?

La invención de un dios como el de la biblia tiene dos funciones: una es la acomodación del individuo a una vida que en el libro de Job y en el Eclesiastés se describe como marcada por el sufrimiento, y como “valle de lágrimas”en la oración cristiana medieval “Salve Regina”.

Ante la incertidumbre, los desastres, las guerras, las tragedias personales y colectivas, las enfermedades, la vejez y la muerte, que no sólo llega por vejez, sino que acecha a cada paso, caben distintas respuestas: una es el suicidio, otra la adaptación racional (que trata de potenciar los buenos momentos y llevar con entereza los malos). Pero hay una tercera respuesta, que es la entrega a un mito tranquilizador (por ejemplo, el que nos dice que tenemos un alma inmortal y que hay un dios benevolente que lo controla todo, al que hay que implorar y adorar, que nos envía sufrimientos para probarnos y purificarnos, pero que nos dará como premio, tras la muerte, una vida eterna de felicidad sin riesgos.

Retóricamente podemos decir que cada cual es libre de elegir entre esas opciones, aunque en realidad se elige necesariamente la que viene determinada por el estado del cerebro en el momento de la elección. Y el cerebro de cada cual ha ido siendo fabricado socialmente desde su nacimiento.

La segunda función del mito es el mantenimiento del orden social elitista y explotador. El dios de la Biblia no manda que los bienes se repartan entre todos igualitariamente, sino que permite la riqueza y la servidumbre (Abraham era muy rico en ganado, plata y oro; Job recuperó una gran fortuna como premio por la paciencia con que soportó las pruebas divinas, Jacob se hizo muy rico en animales y siervos por intervención de dios). Es decir, el dios de la Biblia acepta como bueno un mundo en el que hay ricos y pobres, dueños y siervos, y considera que la riqueza es tan deseable y buena que premia con ella a sus adoradores preferidos. Es a partir de este hecho como hay que interpretar el relato de las tablas de la ley.

Moisés sube con un ayudante el monte Sinaí y pasa 40 días orando, en realidad dedicado a esculpir en piedra los diez mandamientos que atribuye a dios, cuya finalidad principal es garantizar el ritual religioso, regular el sexo y defender los privilegios de la élite. A esto último están encaminados los mandamientos de no robar y no matar, que necesitan interpretación dado que admiten excepciones. Por ejemplo, se acepta que se mate y robe a los enemigos extranjeros y también que se mate a los del propio pueblo si lo ordena la persona competente. El mismo Moisés, cuando baja del Sinaí con las tablas de la ley en las manos, al ver al pueblo adorando a un becerro de oro las rompe, destruye el becerro y ordena que se mate a los idólatras: según la Biblia alrededor de 3.000 hombres murieron ese día.

Lo que en realidad tratan de reprimir esos dos mandamientos es la tentación de matar y robar al rico, aunque no lo expresan en términos tan crudos. Ellos, los ricos, no los pobres, son las víctimas naturales del robo y de la muerte (si ésta es condición para el robo). No todas las muertes valen lo mismo. No es lo mismo la del prócer que la de un muerto de hambre. Una vez admitido que haya ricos y pobres, los mandamientos citados están pensados para defender a los ricos. Cualquier otra consecuencia es lateral. ¿Qué clase de dios es el que considera nefando que un pobre que no tiene para comer robe una oveja a alguien que tiene miles de ellas?

La alianza del trono y el altar

En fin, se pierde en los tiempos la alianza entre el experto en fabricar y administrar mitos (el sacerdote) y el experto en dar mandobles (el rey). Desde siempre el sacerdocio ha hecho valer su influencia en los creyentes poniéndola al servicio de la oligarquía dominante a cambio de privilegios.

Por lo que concierne al cristianismo, desde que en el año 380 Teodosio, mediante el edicto de Tesalónica, lo convirtió en la religión oficial del Imperio, esa alianza no ha cesado, con frutos tan terribles como las persecuciones y expulsiones religiosas, las cruzadas, las actividades de la Inquisición, la lucha contra la ciencia, el apoyo a la superstición, la legitimación de dictadores sangrientos.

En el caso de España es reciente el apoyo de la iglesia católica al golpe militar contra la República, declarando Cruzada a la actividad represiva del ejército franquista. Recordemos al criminal Franco entrando en las catedrales bajo palio y entre inciensos, caudillo de España por la gracia de dios. A cambio la iglesia recibió dinero, poder institucional y el monopolio de la educación y del criterio moral: el cardenal Segura prohibió el baile agarrado en su diócesis sevillana, la iglesia calificaba las películas, decidiendo su aptitud según edades, y en la vida cotidiana imponía una moral misógina, que negaba el deseo femenino, que eximía de culpa al marido que mataba a su mujer si la sorprendía en adulterio, que consideraba asesinato el aborto voluntario y aberración la homosexualidad (al tiempo que protegía a sus curas pederastas).

La visita del papa y su intervención en el Parlamento

Invitado el papa a hablar en el Parlamento como jefe del Estado Vaticano ha hablado en realidad como jefe de la iglesia católica, es decir, como gestor de una moral rancia, en algunos puntos contraria a la que ha inspirado la legislación de ese parlamento, por ejemplo sobre el aborto y la eutanasia. ¿Acaso ha venido a España a reconocer las deudas antes relatadas y a pagarlas de alguna forma? ¿Acaso se le ha exigido algún reconocimiento de las tropelías del pasado, muchas de las cuales siguen en el presente? Por ejemplo la tendencia de la jerarquía eclesiástica a coincidir con los valores y significados de la extrema derecha.

Con el terreno libre de enemigos, todos los partidos, salvo Podemos y BNG que no acudieron al Parlamento como protesta, aplaudieron fervorosamente, pese a que se pronunció contra algunas de las leyes aprobadas por ese mismo Parlamento. El papa dijo obviedades sobre la IA, sobre la dignidad de los inmigrantes como personas, y sobre la paz, pero fueron llamativos sus silencios: no pidió perdón por el historial criminal de la Iglesia, ni se refirió a la reciente beatificación de más y más “mártires” de la guerra del 36 (siempre del bando fascista), ni mencionó a las personas LGTBI ni al matrimonio entre personas del mismo sexo, ni pidió perdón por la permisividad de la iglesia con los escándalos de los curas pederastas.

Y el discurso fue ovacionado por los diputados en pie ¡durante más de siete minutos! ¡Siete minutos, qué tremendo fervor del que ninguno se desmarcó!

Este señor se marchó y aquí paz de después gloria. Pero queda una vergüenza difícil de borrar para quienes se presentan como progresistas y decidieron asistir al acto y aplaudir.

Si quiere hacer algún comentario, observación o pregunta puede ponerse en contacto conmigo en el siguiente correo:

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